Creo que Marxismo para Latinoamericanos constituye una pieza importante para detectar los ejes en torno a los cuales se elabora una posición socialista de Izquierda Nacional. Voy a señalar algunos:
I
Ramos no deja lugar a dudas en cuanto al lugar político-teórico desde el cual habla: el lugar del marxismo revolucionario. De entrada nomás dice que hay que resaltar “la importancia del marxismo como un instrumento necesario, imprescindible, para conocer antes de actuar”. Y al final de su exposición dice “nosotros, los marxistas…” Creo que es muy importante subrayar este “lugar de enunciación” porque a partir de mediados de los años 70, de modo progresivo, la Izquierda Nacional y el propio Ramos fueron corriéndose de este lugar. Hablar “desde el marxismo” es algo más que sólo hablar: significa desarrollar una práctica militante de características particulares (organización de cuadros, compromiso “existencial” del militante, participación en las formas que adopta la lucha de clases, etc). Ya tendremos ocasión en este espacio de formación política de debatir sobre estas cuestiones, en las que la Izquierda Nacional ha tenido un gran déficit, puesto que muchos compañeros de la corriente limitaron su “marxismo” a un mero adorno discursivo, sin sacar las conclusiones “prácticas”: el FIP, el PIN, el MPL y otras organizaciones se mantuvieron en general dentro de los marcos de organización partidocráticos o liberal-burgueses.
Pero “hablar desde el marxismo” supone para Ramos algo fundamental: emancipar al marxismo de su carga europeísta. Dice: “el marxismo, como teoría y práctica de la liberación, debe ser liberado a su vez y los emancipadores deben emanciparse”. Este es un punto decisivo en la construcción de una identidad socialista de Izquierda Nacional. Desgraciadamente, ha sido malinterpretado por aquellos compañeros que desbarrancaron en una posición meramente nacionalista o democratista (el grupo o ex grupo de Guerberof, por ejemplo). Emancipar al marxismo de su carga europeísta no supone renunciar al marxismo por ser éste una ideología eurocéntrica, sino que supone plantear la existencia de un “núcleo duro” del marxismo con validez “universal”. Es decir: no supone renunciar al marxismo sino vigorizar al marxismo separando en él la paja del trigo.
En Ramos (en el Ramos de 1970, no en el de los 80 y los 90), la emancipación del marxismo de sus envolturas eurocéntricas supone: a) criticar la postura de Marx sobre Bolívar; b) criticar los escritos de Marx sobre la India ensalzando la labor “civilizadora” del capitalismo inglés; c) criticar el lema “los obreros no tienen patria”, presente en el “Manifiesto”. Respecto de a) habría que señalar (Ramos no lo dice) que el bosquejo biográfico sobre Bolívar Marx lo escribió a pedido de una institución burguesa y con el propósito de ganar algo de dinero. La pertenencia de ese escrito al cuerpo teórico del marxismo es más que dudosa. Respecto de b) Ramos contrapone escritos de Marx sobre Irlanda, pero no señala que un estudio detallado de los textos de Marx informa que al madurar su pensamiento renunció a sus planteos sobre la India. Por último, respecto de c) Ramos introduce a Lenin y a Trotsky. Al primero, por sus escritos sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación, y a Trotsky por sus escritos en México. La introducción de Trotsky y de Lenin (el “discípulo más notable de Marx”, según Ramos) refuerza la filiación marxista de la Izquiera Nacional: ser marxista significa inscribirse en la línea Marx-Lenin-Trotsky, es decir, un marxismo opuesto a la socialdemocracia reformista y a la burocracia stalinista.
Hay que observar que Ramos también se delimita de la llamada “nueva izquierda”, que estaba de moda en los 60. Dice Ramos: “Nuestra dependencia asume rasgos tan grotescos que desde 1968 proliferaron en América latina izquierdistas, profesores y hasta marxistas que se quejan entre nosotros de los males de la sociedad de consumo. Estos papagayos del trópico enfermos de literatura francesa…”. Es decir: el marxismo de la Izquierda Nacional no es ni el de la socialdemocracia reformista, ni el de la burocracia soviética, ni el de la “nueva izquierda” que en los 60 se identificaba con “las tres M”: Marx, Mao, Marcuse.
Pero hay algo muy importante que dice Ramos, y es un error que le apunta al propio Marx, error que no es accidental en la teoría marxista sino que implica sus tesis fundamentales, obligándonos a nosotros a reflexionar sobre ello. Dice Ramos: “la perspectiva de que la revolución iba a brotar en los centros del capitalismo más desarrollado del planeta, esa perspectiva de Marx, no se verificó. Por el contrario: las revoluciones del siglo XX no estallaron en centros altamente civilizados sino que se produjeron en los centros marcadamente incivilizados. No estallaron en la Europa burguesa, harta y refinada, sino que se manifestaron en las márgenes del planeta, en los pueblos sin historia. Estallaron en los focos de la barbarie y no en los focos de la civilización. Esa es la historia de todas las revoluciones ocurridas desde la Revolución rusa de 1917”. Uno podría matizar esta observación de Ramos recordando que Europa también estuvo atravesada por intentos revolucionarios que fracasaron (Alemania 1919, España 1936, etc) Pero Ramos está en lo cierto al decir que el “eje de la revolución” se trasladó del centro a la periferia. Esta convicción, además, es necesaria para acrecentar la moral revolucionaria de los luchadores argentinos y latinoamericanos (¿qué motivación tendríamos si creyéramos que el centro de la revolución mundial está a miles de kilómetros de donde vivimos nosotros?)
Creo que esta observación de Ramos es decisiva en la conformación de una identidad socialista de Izquierda Nacional. Tenemos, entonces, una serie de definiciones que se expresan sintéticamente en los cuadros siguientes:
Somos marxistas. Nuestra tradición marxista rescata a Marx, Lenin y Trotsky, y se diferencia de la socialdemocracia, del stalinismo y de la “nueva izquierda” sesentista.
Criticamos aspectos eurocéntricos del marxismo pero rescatamos lo universal que hay en él.
La Revolución no libra sus batallas decisivas en los países imperialistas sino en la periferia colonial y semicolonial. Esto nos convierte a nosotros en protagonistas centrales de la historia.
II
A partir de lo expuesto arriba hay una pregunta que emerge con fuerza incontenible. ¿De qué revolución hablamos? ¿Cuál es su naturaleza? Ramos no desarrolla este punto con detenimiento (creo que en 1970 no se podía todavía pensar a fondo esta cuestión dentro de los marcos teóricos del marxismo y del trotskismo), pero las referencias que hace son significativas. Refiriéndose a la Revolución Rusa, dice: “Esa revolución realiza ante todo tareas de revolución nacional”. Después se refiere a la Revolución China y dice: “Triunfa la Revolución china (…) Pero si triunfa, es como revolución nacional, es decir, como una revolución que tiene como tarea inmediata la unidad nacional y territorial de China, y una tarea democrática, la revolución agraria”. Agrega que hay relación entre “las tareas nacionales y democráticas y las perspectivas socialistas de China”. Observen: “perspectivas” socialistas. Luego se refiere a Bolivia y también menciona “los elementos socialistas que hay en toda lucha nacional de Bolivia”.
Es decir: las revoluciones en la “periferia” no son revoluciones socialistas sino nacional-democráticas que “abren la perspectiva” del socialismo. Hoy nosotros podemos juzgar qué tan abierta estuvo esa perspectiva. Yo confieso que siempre he encontrado un problema al leer sobre la Revolución Rusa. ¿Fue una revolución socialista? Ente 1918 y 1921 rigió el “comunismo de guerra”, es decir, una organización de cuartel. Entre 1921 y 1924 la NEP, que significó hacer concesiones al capitalismo. En 1924 muere Lenin y se impone la burocracia con Stalin. Entonces: ¿cuándo hubo socialismo en la URSS? Uno lee “La revolución traicionada” de Trotsky, o sus escritos sobre la vida cotidiana en la URSS y la verdad es que no aparece ni una sociedad socialista ni un gobierno obrero. El régimen de Stalin parece más bien una dictadura nacionalista y sólo eso. Si vemos ahora cómo terminó todo con Yeltsin, Putin y todos los mafiosos procedentes del PCUS, hay razones para creer que el socialismo brilló por su ausencia desde siempre en la vieja Rusia zarista. Por mucho que apoyemos la mano dura de Lenin y Trotsky para militarizar los sindicatos, imponer el terrorismo contra los disidentes, etc no encontraremos allí nada que sea socialismo, si por socialismo entendemos una sociedad que permite el pleno desarrollo de las facultades humanas y prepara el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad. La Revolución Rusa parece haber preparado el terreno, con métodos brutales, para que la modernidad capitalista llegara a la atrasada sociedad zarista. Pero, bueno, sobre eso tendremos que pensar y debatir. Creo que es un tema que le interesa al compañero Ricardo Gordillo y que tiene ideas interesantes al respecto. Lo cierto es que Ramos caracteriza como “revoluciones nacionales” a las revoluciones rusa y china, consideradas universalmente como paradigma de revoluciones socialistas. (Creo que sería conveniente releer un debate entre Osvaldo y Ceballos, de hace algunos años, a propósito de la naturaleza de la URSS)
III
La consideración sobre la naturaleza de una revolución nos lleva necesariamente a considerar el papel de las clases sociales que están implicadas en ella. Ramos hace aportes muy importantes en este punto, que trazan una clara distinción entre la Izquierda Nacional y todas las variantes de la izquierda cipaya. De la pequeña burguesía universitaria, Ramos dice lo siguiente: “Cuando se es ingeniero y no se puede construir, cuando se es médico pero no hay suficientes pacientes para pagar la consulta, cuando se es abogado y se carece de pleitos, entonces el pequeño burgués universitario busca la respuesta en la revolución. Pero los libros arrojan arena a sus ojos”. Esto es importante: hay razones objetivas que llevan a la clase media universitaria, culta, al campo de la revolución. Pero también hay razones objetivas (“los libros que echan arena a sus ojos”) que la extravían en esa búsqueda. No es este el único sector de la pequeña burguesía arrojado hacia el campo revolucionario por imperio de las circunstancias objetivas: “hay otro sector de la pequeña burguesía mal conocido por los estudiantes universitarios. Se trata del Ejército, puesto que en América Latina los sectores privilegiados de la clase media se dividen entre universitarios y militares”. Esta conceptualización de los militares como un factor de peso en el proceso revolucionario latinoamericano es un aporte decisivo de la Izquierda Nacional, que nunca ha sido entendido por las variantes de la izquierda cipayo (y que a veces ha sido mal interpretado dentro de nuestras filas, dando lugar a un “oportunismo hacia los militares nacionalistas”, como bien ha señalado alguna vez el compañero Yépez). Ramos dice sobre el Ejército: “la importancia particular que el ejército reviste en una sociedad semicolonial es que aparece como un elemento centralizador en una sociedad descentralizada, cuyas tendencias centrífugas son y han sido siempre alentadas por el imperialismo. No habiendo una burguesía industrial en Bolivia capaz de desempeñar el papel clásico del tercer Estado frente a la sociedad arcaica ligada al comercio exterior, el Ejército tiende a desempeñar un rol sustituto, puesto que se trata del único factor interno con fuerza suficiente para adoptar decisiones.” Y entonces aconseja: “los estudiantes, como ala intelectual de las clases medias, deben buscar alianzas con los sectores militares más revolucionarios y nacionalistas de las fuerzas armadas que persiguen los mismos fines”
Todo esto era en 1970, cuando Ramos hablaba, y lo es ahora, todo un escándalo. La pequeña burguesía izquierdista es profundamente antimilitarista. Recordemos que en plena crisis de 2001, cuando la única salida revolucionaria posible frente a la recomposición del régimen partidocrático no eran las “asambleas populares”, es decir, barriales, de la pequeña burguesía porteña, sino una irrupción de un sector nacionalista de las fuerzas armadas junto a una estructura de cuadros socialista revolucionaria que se lanzara a la conquista del proletariado, las organizaciones de la izquierda cipaya (PO, MST, PTS, PC, etc) se dedicaban a insultar a los grupos nacionalistas que levantaban la figura de Seineldín (a Seineldin lo consideran “militar genocida”, lo cual es absolutamente falso, entre otras cosas, porque en la Argentina no hubo ningún genocidio desde el exterminio de los aborígenes y de los paraguayos en el siglo XIX).
Ramos observa que el Ejército y la Guerrilla son dos expresiones de una misma clase: la pequeña burguesía. Y que “cuando la guerrilla no logra, por una razón u otra, consumar sus fines, brota en el otro extremo de la misma clase social una respuesta nacional y revolucionaria, que es la que ha dado el Ejército de Perú y de Bolivia…”. Hoy vemos que a la vanguardia de la lucha antiimperialista latinoamericana también hay un militar: Hugo Chávez, surgido de un ejército que antes había perseguido guerrilleros. Y a su modo también es militar Fidel Castro, o lo es Ortega en Nicaragua… Un militar, Ollanta Humala, fue la oposición nacional-popuar a la partidocracia demoliberal en Perú. A mucha gente le resulta extraña esta “teoría de los militares patriotas” que atribuyen a la Izquierda Nacional. Lo que a mí me parece extraño es que haya quienes se dicen revolucionarios y tengan más confianza en un profesor de filosofìa, o en un abogado, que en un militar. Hay que atribuírselo a “los libros que echan arena a los ojos”, es decir, a lo que Bachelard llamaba “obstáculo epistemológico”, que es, por supuesto, derivado de la condición semicolonial de nuestros países.
Lo dicho hasta acá puede sintetizarse en los siguientes cuadros:
Naturaleza nacional-popular de las revoluciones en los países periféricos y “perspectiva” socialista.
Las fuerzas armadas como factor centralizador que ocupa el lugar de una burguesía nacional inexistente.
Guerrilla y Ejército son expresiones de una misma clase social y por tanto no son incompatibles entre sí a la hora de construir un espacio revolucionario.
IV
En la parte final de su exposición, Ramos hace un llamado a “la creación de un partido obrero revolucionario independiente dentro de la lucha por la nacionalidad latinoamericana”. Ese partido debe partir del hecho de que “todo marxista está y estará siempre con la patria semicolonial contra los civilizadores extranjeros”. Es decir: el nacionalismo antiimperialista (latinoamericano) debe ser una bandera levantada desde una identidad marxista que se plasma en la práctica política con la “creación de un partido obrero revolucionario independiente”.
Este es el núcleo mismo de una posición de Izquierda Nacional: existencia de una organización política marxista revolucionaria y un discurso nacionalista antiimperialista. A la luz de estas consideraciones pensemos qué lejos de la Izquierda Nacional están quienes acompañan la lista de Carrió en el apoyo a Telerman (grupo Gorojovsky), quienes se escaparon del país en 1976 y volvieron para hacer política partidocrática en 1983, cuando el peligro había pasado (Baraibar), los que hoy están con Kirchner tanto como antes estaban con Rodríguez Saá o hasta con… ¡Abel Posse! (ex grupo Guerberof. Recuerdo cuando Guerberof me comentaba sus expectativas en el embajador Posse, a quien veía como una especie de referente nacionalista). Pensemos qué lejos de la Izquierda Nacional están, también, quienes se conforman editando folletos folklóricos y haciendo tareas académicas (Ferrero, Del Campo), o quienes dan cursos de historia argentina para el kirchnerismo (Galasso, quien, en realidad, nunca fue un socialista de la Izquierda Nacional, sino un filomontonero). Ni hablar de los que se vendieron al menemismo y hoy se reciclan como kirchneristas para seguir usufructuando cargos y dádivas (los Fontdevila, o Elgue, quien tiene el caradurismo de protestar porque en nuestra página web no publicamos sus defensas de Menem), o los Víctor Ramos y los Raventos, o los Cabral, o Luis Alberto Rodríguez, que terminó militando en el partido de Cavallo. Pero pensemos también, compañeros, qué lejos estamos nosotros, que no podemos todavía poner en pie una organización político-militante compuesta por cuadros dedicados “full time” a la lucha revolucionaria. Pensando qué lejos estamos todavía de reconstruir la organización que los ex dirigentes de la Izquierda Nacional han contribuido a destruir, estaremos un poco más cerca de reconstruirla.