La nota puesta en discusión por Alex Oval sobre la situación de las fuerzas armadas contiene una serie de apreciaciones de suma importancia. Es cierto, la política seguida desde 1983 en adelante por el alfonsinismo, el menemismo, la Alianza y el kircherismo ha mantenido una continuidad plena en dirección a desmantelar las estructuras militares y confinar a las fuerzas armadas al papel de fuerza auxiliar de las misiones imperialistas, y de guardia pretoriana utilizable localmente en fines represivos. Constituye un capítulo especial del programa de desmantelamiento del Estado característico del período neoliberal.
En la reunión del sábado pasado con compañeros del PSIN (2da Epoca) discutimos el punto y estuvimos de acuerdo en que el ejército de las décadas del 40’ y del 50’ es cosa del pasado. Ese ejército, caracterizado por la presencia de una influyente corriente nacionalista se formó en una época de transición, determinada por el agotamiento del viejo modelo de país agroexportador y la aparición de un nuevo patrón de acumulación basado en la valorización del capital productivo interno, especialmente industrial. Es contemporáneo a las transformaciones experimentadas en el aparato estatal, correlativas con la diversificación de la estructura económica y orientadas a afirmar las funciones de regulación. Son los primeros años de la década del 40’, años en que se crean la Flota Mercante, Fabricaciones Militares, Altos Hornos Zapla, fábricas de envases textiles, etc. Surge una nueva generación de oficiales interesados en los problemas de la industrialización; algunos de ellos escriben sobre estos asuntos en la Revista Militar y exponen en el Centro de Estudios y Conferencias Industriales de la UIA. La época se impregna de un nuevo clima cultural. El impacto alcanza incluso al viejo bloque dominante y embarca a su ala liberal en la frustrada iniciativa del Plan Pinedo de 1940, destinado a adaptar el antiguo orden agrario a los cambios que registraba la estructura productiva desde mediados de la década del 30’.
Estas transformaciones están en el origen de la irrupción de la fracción nacionalista militar que en junio de 1943 puso fin al régimen de la década infame. Durante tres años una dictadura revestida de signos ideológicos-culturales reaccionarios, llevó adelante el programa de contenido nacional burgués que la burguesía nacional no estaba en condiciones de desarrollar. Fue la primera expresión de la solución bonapartista que a partir de junio de 1946 se desenvolvería de forma más completa en los gobiernos peronistas.
Seis décadas más tarde esas condiciones han desaparecido. Alex describe muy bien la liquidación de todas las estructuras materiales sobre las que se afirmó la práctica que abrió camino a una conciencia nacionalista e industrialista en una parte de los cuadros de las fuerzas armadas. Nada de esto hoy existe. Por el contrario, la campaña de desmalvinización, potenciada por el antimilitarismo típico de la pequeña burguesía, construyó en torno a la oposición civiles-militares el paradigma sobre el que se fundó la democracia colonial en diciembre de 1983, y logró gravitar sobre las filas militares inclinando a favor de la fracción liberal el balance del poder. En el plano de la oficialidad y suboficialidad la desmalvinización adquirió un contenido concreto: la liquidación de la corriente nacionalista que se había configurado tras la guerra en el Atlántico Sur. Por cierto que la depuración llevada adelante primero por el alfonsinismo y posteriormente por el menemismo, se vio facilitada por el aislamiento a que la condenó las contradicciones y los aspectos reaccionarios de un discurso cercano al nacionalismo oligárquico.
¿Todo esto quiere decir que una política de reconstrucción del Frente Nacional Antiimperialista planteada desde el ángulo de los trabajadores y las masas populares, debe prescindir de un trabajo en las filas de las fuerzas armadas?
La izquierda nacional, siguiendo las enseñanzas del marxismo, ha señalado que en las fuerzas armadas, como parte integrante del aparato estatal, se desarrollan de un modo particular las contradicciones propias de un capitalismo semicolonial. Centralmente una contradicción de contenido nacional. Sin embargo esta contradicción difícilmente ha de dar lugar en el presente a realineamientos similares a los décadas del 40’ y del 50’. El golpe de Estado de marzo de 1976 y las tres décadas de políticas neoliberales que le sucedieron procedieron a una profunda reestructuración en la correlación de las clases, del poder político y del Estado. ¿Qué posibilidades existen hoy en día para la conformación de un Frente Nacional integrado por el ala nacionalista del ejército, la iglesia y la burocracia estatal, semejante al del 43’? Ni siquiera parece demasiado probable un frente de clases como el del 45’ o un bonapartismo a la venezolana.
Alex señala que un pasaje de la reunión del sábado se mencionó el caso de los oficiales y suboficiales que para vivir tenían dos empleos: cumplían el servicio una parte del día y el resto trabajaban de taxistas o en otra ocupación asalariada. Además del desmantelamiento material, existe una tendencia a la proletarización en una parte de los cuadros medios y bajos de las fuerzas armadas, coincidente con la sostenida polarización social que se ha desarrollado en los últimos treinta años en la sociedad argentina. Si nuestros pronósticos son correctos y no existe un horizonte de estabilidad para el actual modelo, sino uno de crisis, la línea de los antagonismos de clase no dejará de atravesar las filas de la oficialidad y la suboficialidad y abrir una brecha respecto a los actuales mandos liberales. En esta perspectiva cabe preguntarse si los aparatos de estado, las fuerzas armadas en este caso, mantendrán su unidad. Estamos hablando de una situación revolucionaria, aquella en que según los clásicos las antiguas clases dominantes ya no están en condiciones de seguir ejerciendo su dominio, las capas medias escapan a su influencia y buscan una nueva dirección, mientras los trabajadores se elevan a una posición autónoma y formulan un programa para el conjunto de la nación. Una política revolucionaria debe trabajar sobre esas contradicciones, construir un campo de influencia política-ideológica lo más amplio posible, apuntar a quebrar la unidad del frente enemigo. Planteadas así las cosas, creo que una política de largo plazo hacia las capas medias y bajas de la oficialidad y la suboficialidad sigue figurando en un programa de izquierda nacional.
Saludos, OC
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